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Una taza de café

Una taza de café

Esa mañana me levanté con un andar undoso. Me dirigí a la cocina para desayunar; necesitaba una taza de café. Solo él es capaz de despertarme y llevarme a la realidad.

Taza de café y platillo de porcelana de Léon Kann
Taza de café y platillo de porcelana, obra de Léon Kann (1898–1900), expuesta en el Petit Palais de París. Fotografía: Jean-Pierre Dalbéra / Wikimedia Commons, CC BY 2.0

Era un día lluvioso y, cuando llueve, el olor a café dura más por la casa. Abro el frigorífico, creo, y no había nada para llevarse a la boca. Hoy era verdad: no había nada. Cojo mi bolsa y bajo al supermercado. Una cara conocida me saluda:

—¿Cómo está usted, Soledad?

—¡Muy bien, porque ya sé cómo me llamo!

Regreso, preparo mi desayuno y vierto todo el café en la taza, que rebosa. No puedo parar mi mano, no tiene freno. Algo me falla, y vierto y vierto... No pasa nada. Paso el paño de cocina y se limpia, como siempre. Busco el trapo, pero no lo encuentro.

El café queda olvidado en la mesa y, mientras está caliente, desprende ese magnífico olor. Pero ¿quién iba a pensar que duraría tan poco antes de caerme al suelo para siempre?