The Winterwuch Forest
Dentro de las gigantes secuoyas danzantes y el murmullo de las criaturas que deambulan por los caminos terrosos sin fin del bosque, una bestia avanzaba con pasos pesados por los senderos olvidados de un mundo olvidado. Sobre su lomo de pelaje carmín reposaba un niño, acurrucado y profundamente dormido como un pequeño bebé.
El bosque respiraba bajo las pisadas de la bestia, mientras los árboles se mecían lentamente bajo el viento gélido de la noche. La niebla baja se enredaba entre los troncos como humo vivo, cubriendo las siluetas de unas cajas brillantes que emitían estática, las cuales estaban enredadas entre cableados oxidados y naturaleza espesa. El miedo de cualquier criatura que pasara en la penumbra no eran otros depredadores: eran las televisiones que habitaban por toda la floresta. Los pocos pobladores que vivían alejados del centro del bosque narraban que, por las noches, estos dispositivos cobraban vida, transmitiendo un ojo en constante movimiento que, decían, penetraba en lo más profundo del cuerpo con solo mirar de reojo.
Estas pantallas emitían un sonido ensordecedor que ahuyentaba a las aves, por lo que no era tan difícil percatarse de que alguna estuviera cerca; sin embargo, esas cosas escuchaban… respiraban. El nombre con el que las llamaban era por la placa que colgaba debajo de la pantalla: Televisiones Winterwuch.
Por un segundo, la bestia se detuvo, sintiendo las frías y diminutas manos del chiquillo que reposaba sobre su lomo.
—Despertaste… —exclamó la bestia con una voz áspera y grave antes de seguir su paso.
—Me dio hambre… Por eso desperté —respondió el niño.
—Es mejor que vuelvas a descansar. Cuando lleguemos a un lugar más seguro podremos conseguir algo de alimento. Tengo que seguir avanzando o nosotros seremos el alimento de los Terrafantes, los cuales extienden sus largas trompas en busca de alimento por las noches.
Y así continuaron su camino sin un rumbo fijo, esperando alguna respuesta o esperanza de encontrar algo a lo que llamaran “hogar”.
En otra parte del bosque, en lo más profundo de los árboles, una figura de un hombre encapuchado, con un sombrero y una máscara en forma de cuervo, se develaba. Lo llamaban “The Crowman”
(El Hombre Cuervo). Nadie conocía su rostro, su propósito o alguna otra cosa relevante sobre él; solo sabían que era mejor no topárselo.
Los únicos otros seres pensantes, aparte de los humanos, que habitaban el bosque como si fuera un simple jardín eran unas pequeñas criaturas de sombreros púrpuras llamadas “Los Fungi”, las cuales tenían más interacción con The Crowman. Algunos de ellos decían que The Crowman era un pobre diablo que acabó vagando por los senderos peligrosos llenos de ojos que todo lo ven; otros creían que era una simple leyenda creada para asustar a viajeros que se perdían y confundían parvadas de cuervos con dicho hombre, y otros le llamaban la misma muerte.
Su propósito era desconocido, pero este ser era muy real y buscaba algo que sabía que no podría encontrar tan fácilmente.
A pesar de la densidad de los árboles y lo descomunal que era el bosque, la bestia conocía cada paso que daba por los senderos, como si ya hubiera viajado largos días por allí. No solo era naturaleza deformada por lo sobrenatural y fauna hostil que buscaba su próxima víctima; también había edificaciones abandonadas por el tiempo y pequeños pueblos que sobrevivían a base de cualquier cosa que les diera vida, como los Fungi, que ocultaban secretos al resto de habitantes, o los humanos, que vivían atormentados por los monstruos de la oscuridad.
Pero la bestia y el niño no formaban parte de ninguno de estos; no eran de ningún lado, estaban olvidados por la existencia.
Al llegar a una pequeña ciénega llena de peces muertos que flotaban cerca de los nenúfares gigantes, la bestia se detuvo y rápidamente abrió sus fauces sobre uno de los peces que yacía sin vida, devorando la mitad y dando la otra al niño, el cual apenas podía abrir los ojos por el cansancio.
Cerca de aquel lugar se encontraba The Crowman, acechando, observando, sin emitir ruido o palabra alguna. A su alrededor, una parvada de cuervos se posaba en los árboles y televisiones, sin inmutarse por el ruido de estática que estas emitían.
Una vez que terminaron de saciarse, continuaron su viaje adentrándose más en el bosque. A su vez, The Crowman desapareció al acercarse a una de las televisiones, como si supiera el propósito de ellas.
La bestia y el niño buscaban refugio, sin saber que el bosque ya había decidido su destino desde hacía mucho tiempo.
Esto es el susurrar de los árboles en el bosque de Winterwuch.