¿Qué es la filosofía?, por Gilles Deleuze & Félix Guattari
«Una idea que no es peligrosa no es digna de llamarse idea».
Oscar Wilde
En 1993, por Editorial Anagrama, saldría a la luz un libro escrito por dos entidades francesas de bastante peculiaridad: el psicoanalista Félix Guattari y el filósofo Gilles Deleuze. De una contribución que ya llevaba sus anteriores construcciones (el primigenio y ecléctico Anti-Edipo; el descomunal y avasallador Mil mesetas; el sui géneris y sísmico Kafka: por una literatura menor), es en Qu’est-ce que la philosophie? el último de su eslabón.
Para ellos, la pregunta sobre qué hace la filosofía siempre tiene su tono desde el tiempo en el que se vive: sea en la niñez, la juventud, la adultez; pero es quizá en la vejez donde va alcanzando una posición intermedia entre la vida y su posterior acto, que es la muerte, y que puede descubrirse distinto y con otras tonalidades.
Para el dueto francés, la filosofía no es para reflexionar, contemplar o comunicar. Tendrá sus acueductos de cognición por esas circunscripciones, pero no tiene ese único fin como materia del conocimiento.
Para ellos, la filosofía crea conceptos. El filósofo se vuelve el compositor de la nueva música; el arquitecto del nuevo ensamble de minerales; el atleta de la nueva acción a ejecutarse: «El concepto remite al filósofo como aquel que lo tiene en potencia, porque tiene que ser creado... (...) los conceptos no nos están esperando hechos y acabados, como cuerpos celestes. No hay firmamento para los conceptos. Hay que inventarlos, fabricarlos o, más bien, crearlos, y nada serían sin la firma de quienes los crean» (Deleuze & Guattari, p. 9).
Así es como para ellos siempre han habitado ingenieros de la idea y el pensamiento, concomitando con su maquinaria alotrópica conceptual, que van trazando linderos en el espacio-tiempo que desgarran el pensar como a la vida y sus supuestos límites: la Sustancia Aristotélica, el Cogito de Descartes, la Mónada de Leibniz, la Condición Kantiana, la Potencia en Schelling, el Tiempo Bergsoniano, etc., etc.
Este proceso descomunal e inclemente ha tenido la desdicha, para Deleuze y Guattari, de ser adjudicado en la novedad de los tiempos a las entidades del marketing, la informática, la mercadotecnia, el diseño, la publicidad —lo que actualmente podría atribuírsele a los CMO: Chief Marketing Officer, Head of Marketing, VP of Marketing—. Lo que ha generado, en su degradación, la simulación o el simulacro de los acontecimientos (más sobresaltado en el pensamiento de Jean Baudrillard).
Pero en Deleuze y Guattari se concibe hasta con un vislumbre de autogestación, con el que se produce: con la intención de considerarlo con vida propia (si es que se alcanza a discernir el visaje de la frase): «Pero el concepto no viene dado, es creado, hay que crearlo; no está formado, se plantea a sí mismo en sí mismo, autoposición» (p. 17).
Los conceptos no refieren a una representación o definición de algo exterior. Ellos pululan desde la polivalencia a través de otras heterogeneidades o nano-multiplicidades, pasando por zonas generales, universales y molares. Cada aleación del concepto trabaja una distinta naturaleza para su manufactura lingüística que propulsa su movimiento por el espacio/ mundo/tiempo.
Hablamos de pura irregularidad en constante concreción y expansión, donde se exponen rasgos, gestos, síntomas, vestigios, signos que le den cierta cuasiuniformidad: tanto una endoconsistencia como exoconsistencia (p. 25). Porque nunca es El concepto lo que domina o subyuga a los demás componentes a someterse a su entendimiento; es un concepto como tal el que captura las fuerzas con las que comulgue para su desprendimiento o adhesión.
Y será según las coordenadas-vitales-materiales con las que haga encuentro como tendrá su consideración y desplazamiento: un acto de ejercicio energético. Cada concepto requiere una región para su alquimia o proceso de vibración, en tanto que es la vorágine de los encuentros, sea humano o no, con lo que se enfrasque.
Ninguna noción del conocimiento se ha encontrado aquí desde un solo punto, sino que va volcada a cada una de las caras posibles en las que se permite moldear sin tener subjetividad de alguien u objetividad de algo: una cristalización: «...el problema del pensamiento es la velocidad infinita, pero esta necesita un medio que se mueva infinitamente, el plano, el vacío, el horizonte. Es necesaria la elasticidad del concepto, pero también la fluidez del medio. Ambas cosas son necesarias para componer en los seres lentos que somos» (pp. 39 y 40).
Se realiza un mapa sobre el cual cada concepto circunvuela para su mampostería epistémica, por la que la pareja/polifacética construye herramientas gnoseológicas: personajes conceptuales, plano de inmanencia, geofilosofía, etc.
Para Deleuze y Guattari hay una distinción sobre cómo se mueven ciertos saberes: la Ciencia lo hace por lo que denominan functores (procesos dentro de un sistema discursivo); el Arte lo hace por perceptos (bloque de sensaciones y afecciones) y la Filosofía, como hemos manifestado, por conceptos.
Porque pensar para Gilles Deleuze y Félix Guattari lleva sus riesgos. No es un área tranquila ni ceremoniosa que nos lleve a aquello que no es, es decir, una reflexión, una contemplación o una asertiva y razonada comunicación. No.
El pensar para la creación de conceptos desde la filosofía adoquina sus peligros, aventuras, compromisos, temeridades, escollos, contingencias e incluso fatalidades por las que el pensador acepta su destino tras firmar su legado conceptual. Es a través del caos, del cosmos, del mundo, del infinito, que se permite la elaboración y un atisbo de homogeneidad para el forjamiento de una cierta coherencia en el pensamiento y sus monstruos (para bien y para mal) conceptuales.
Cada zona de su artífice (el científico, el artista y el filósofo) toma el gesto del ejecutor más salvaje para ondular por los territorios más inhóspitos y violentos, con tal de obtener una retribución; aun si se encuentra en riesgo de la pérdida de sus facultades, de la psique, del cuerpo o de la vida.
La exploración hacia la creación forja sus propias latitudes: «El pensamiento filosófico no reúne sus conceptos dentro de la amistad sin estar también atravesado dentro de una fisura que los reconduce al odio o los dispersa en el caos existente, donde hay que recuperarlos, buscarlos, dar un salto. Es como si se echara una red, pero el pescador siempre corre el riesgo de verse arrastrado y encontrarse en mar abierto cuando pensaba llegar a puerto... (...) Diríase que la lucha contra el caso no puede darse sin afinidad con el enemigo» (p. 204).
Porque en el avance hacia un nuevo concepto, ecuación, tecnología, técnica, disertación u obra estética no hay predominantes, jerarquías o lineamientos epistémicos establecidos, sino solamente la existencia de la pieza del vórtice al cual el cuerpo sea capaz de ir, más allá de sí mismo y de lo que crea que valga la pena ser pensado y, por ende, ser vivido.
Bibliografía:
Deleuze, Gilles & Guattari, Félix. 1993. ¿Qué es la filosofía? Ed.: Anagrama.