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Cumplir el contrato con uno mismo

«El ganador se define como la persona que cumple su contrato con el mundo y consigo mismo. Es decir, emprende algo, dice que se ha comprometido a hacerlo y, a la larga, lo hace».

—Eric Berne.

Esta frase de Eric Berne siempre me ha parecido profundamente humana, porque nos invita a pensar el éxito desde un lugar distinto: no como competencia con otros, sino como coherencia personal. Ganar, desde esta perspectiva, significa cumplir aquello que prometemos, especialmente aquello que nos prometemos a nosotros mismos.

A lo largo de la vida vamos construyendo un sistema personal formado por experiencias, creencias, emociones, cultura y relaciones. Todo ello configura nuestro mundo interno, el cual constantemente dialoga con la realidad externa. En ese encuentro aparecen aprendizajes, aciertos, errores y decisiones que, poco a poco, van definiendo quiénes somos.

Berne, creador del análisis transaccional, planteó que las personas aprendemos a relacionarnos desde nuestras primeras experiencias. Desde que nacemos, iniciamos un proceso de aprendizaje para comunicarnos, vincularnos y satisfacer nuestras necesidades básicas. Las primeras relaciones —especialmente con quienes nos cuidan— dejan huellas emocionales que influyen en la manera en que posteriormente nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos.

Con el tiempo desarrollamos formas de actuar que nos ayudan a adaptarnos al entorno. A eso lo llamamos personalidad: un conjunto de conductas aprendidas que funcionan como estrategias para convivir y responder a las exigencias sociales. Sin embargo, más allá de esa adaptación existe algo más profundo: nuestra esencia.

La esencia representa aquello que somos de manera auténtica, nuestra capacidad de actuar con libertad y espontaneidad. Mientras la personalidad nos ayuda a integrarnos al mundo, la esencia nos recuerda quiénes somos realmente. El equilibrio entre ambas permite vivir con mayor congruencia.

Muchas veces intentamos mostrar únicamente nuestro «lado adulto», dejando de lado emociones, dudas o aspectos más sensibles que forman parte natural de nuestra humanidad. Sin embargo, el verdadero crecimiento personal no consiste en aparentar fortaleza constante, sino en reconocer nuestra dimensión integral: biológica, psicológica y social.

Quizá cumplir el contrato con uno mismo implique algo más sencillo —y, a la vez, más complejo— de lo que imaginamos: detenernos, mirarnos con honestidad y actuar en coherencia con nuestros valores y compromisos.

Tal vez ahí radique el verdadero significado de ganar: vivir siendo fieles a quienes somos y a aquello que decidimos construir día a día.

Referencia:

Berne, E. (1964). Games People Play. New York: Grove Press.