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El baño

Era mi sexta semana trabajando como agente de soporte técnico en una empresa grande, de esas que presumen ser serias, «bien establecidas», con oficinas blancas y café gratis. Ya me había acomodado en el puesto. Empezaba a imaginarme ahí unos meses, quizá años; daba igual. Estaba tranquilo. El dinero extra me estaba sacando de varios apuros y, por primera vez en mucho tiempo, no odiaba levantarme temprano.

Lo que no vi venir fue la cultura del baño.

Yo ya era nervioso por naturaleza y, además, excesivamente consciente de mis tiempos fisiológicos. Cada piso tenía su propio baño; según la empresa, para reducir costos de limpieza y evitar aglomeraciones. En la práctica, aquello operaba más bien como un discreto experimento social.

Mi equipo lo formaban ocho personas, cada una con su rutina intestinal perfectamente establecida. Es un secreto a voces: nadie lo comenta, nadie pregunta, porque hablar de eso es cruzar una línea invisible. La gente se avergüenza. Es un pacto silencioso.

Muchas veces entraba al baño y siempre había alguien más. Soy hombre, así que me corresponde el área de los mingitorios. Entre hombres existe una regla no escrita: si hay varios mingitorios, no eliges el que está pegado a otro. Es una cuestión elemental de dignidad. Sin embargo, siempre aparece un individuo —inevitable, constante— que ignora esta ley ancestral y se coloca justo a tu lado, como si compartir ese instante íntimo fuera un gesto de camaradería.

Pero aquello era solo el preámbulo. El verdadero problema eran los cubículos.

Había tres. En teoría, espacios privados: pequeños santuarios donde uno puede sentarse, respirar y reflexionar sobre sus decisiones de vida o, en algunos casos, derrumbarse en silencio. Pero esos cubículos eran una ilusión: paredes delgadas que no llegaban ni al suelo ni al techo. El baño seguía siendo, esencialmente, un espacio compartido. La privacidad era más una ilusión que una realidad.

La mayoría de los hombres con los que he hablado coincide en algo: si alguien ocupa un cubículo, el de al lado permanece vacío. Es una cortesía mínima. De lo contrario, condenas a tu vecino a presenciar — auditivamente— el resultado inevitable del proceso digestivo humano. Algunos confían en que las paredes funcionan como una máscara: te borran el rostro durante esos diez minutos y te conceden anonimato.

Yo, siendo como soy, vivía aquello con profunda incomodidad. Y casi siempre, cuando entraba al baño, ya había al menos un ocupante. Una vez —una sola vez, pero suficiente— encontré los tres cubículos ocupados, perfectamente alineados, sus respectivos usuarios entregados con absoluta naturalidad a las funciones más básicas del cuerpo humano. Una coordinación involuntaria. Una especie de concierto orgánico, brutalmente democrático.

Sales de ahí, te lavas las manos y regresas a tu escritorio. Minutos después, tus compañeros entran al área. Se sientan. Teclean. Te saludan con normalidad. Algunos evitan la mirada; otros sonríen con cortesía. Pueden ser inocentes. Pueden haber sido parte del episodio.

Nadie lo sabe. Cualquiera pudo haber sido el culpable.